La historia de un pueblo que se negó a pertenecer a la «España Vaciada»

Hola. Soy Oteiza, un pueblo de Tierra Estella (Navarra). 

No me busques en las guías de grandes capitales. Búscame en el eco de los miliarios romanos, en la solidez de las casonas que vieron siglos pasar. Mi nombre es más que un código postal; es la huella de una historia donde la gente no se iba, sino que venía.

En mis tiempos de esplendor, la vida vibraba entre la luz de mi parroquia de San Miguel y el rumor alegre de mis calles. Éramos un centro de vida robusto, un orgullo que aún late en cada piedra centenaria, en cada recuerdo. De hecho, mi leyenda más insólita es mi sobrenombre: «los balleneros».

Mi talón de Aquiles: La despoblación.

Hay quien, al verme con mis arrugas y mis silencios, quiere ponerme la etiqueta de la ‘España Vaciada’. ¡Pero yo me niego! Aún estoy lleno de vida: buenas comunicaciones, colegios cerca, una conexión de fibra que ya quisieran muchas ciudades y una historia en cada esquina. Aquí, la vida es a otro ritmo.

El problema no era la falta de ganas; era que algunos de mis edificios clave se estaban volviendo insalubres. Soy de muros anchos de piedra, diseñados para aguantar el invierno de Navarra y la vida a borbotones. Pero esa misma solidez es mi talón de Aquiles.

Durante años, he visto cómo un enemigo silencioso, persistente y muy cabezón, me robaba la vida: la humedad estructural. No era solo un problema estético. Era una enfermedad que hacía que mis edificios clave fueran insalubres. El salitre se comía la piedra, el moho te recibía. Y si un pueblo no puede ofrecer un lugar digno para vivir o reunirse, la gente, por mucho que te quiera, acaba haciendo las maletas.

La Casa de la Cultura es donde mi corazón late con más fuerza.

Este edificio no es un simple conjunto de ladrillos. Es nuestro punto de encuentro, donde ensayan los grupos de teatro, donde aprenden los niños, donde debatimos nuestro futuro. Es el testigo de nuestra identidad. Si esa humedad la deja inservible, perdemos el hilo que nos une. Por eso, su preservación es vital.

La mano amiga que nos ayudó

Reconozco que estaba a punto de tirar la toalla. Empezaba a aceptar que la despoblación era mi destino. Pero entonces, en el momento más oscuro, algo pasó: Me enteré de la iniciativa ‘Por Mil Años Más’, un proyecto apadrinado por esa gente que sabe lo importante que es dar vida a los pueblos (Vente a Vivir a un Pueblo), y por expertos en batallas contra la humedad (Murprotec). Ellos no vinieron con eslóganes vacíos. Vinieron a remangarse.

Ellos entendieron mi agonía y vieron el potencial que sigo teniendo. Su idea es sencilla y, para mí, rompedora: si logran que nuestros edificios más emblemáticos no se caigan, estamos lanzando un mensaje poderoso al mundo: «Aquí se puede vivir, aquí hay futuro». 

El pasado 24 de septiembre, acudimos al evento que celebraron en la Mancomunidad de Montejurra, nos reunimos con otros representantes municipales para destacar la riqueza histórica, cultural, y de servicios que ofrece la comarca. Y en el concurso de rehabilitación de patrimonio, ¡me acaban de elegir a mí! ¡Mi Casa de la Cultura ha sido la premiada con  20.000 euros para un proyecto de rehabilitación contra las humedades!

Esta ayuda, este tratamiento definitivo de Murprotec, es como un desfibrilador para mi corazón: Es la esperanza que hará que el olor a moho desaparezca y que las paredes respiren, garantizando que este espacio siga siendo acogedor, sano y que mis muros resistirán otros mil años más.

Somos noticia

Ahora ya no soy un punto diminuto en el mapa ¡Soy hasta famoso!, con mi ficha renovada en la plataforma, y tras aparecer en Navarra Televisión y en las noticias locales, la gente ya me está mirando de otra forma. Mi alcalde ha podido contar nuestra historia, la de la Casa de la Cultura, en la radio Hoy por Hoy Navarra, Cadena SER. Y mi nombre ha salido en los medios.

 

He pasado a ser la prueba de que, con ayuda bien enfocada, se puede revivir.  Este gesto ha sido mucho más que arreglar unas paredes mojadas. Ha sido un acto de fe que garantizará que nuestro legado se cuide. Ha sido decirles a mis habitantes: «Vuestra historia vale. Vuestro patrimonio es importante. Vamos a cuidarlo para que vengan más.» Ahora, cuando un joven piense en volver o una familia en mudarse, no verán solo un lugar con historia. Verán un pueblo que se ha levantado, que ha curado sus heridas y que está listo para escribir un capítulo más.

Y tú, que me lees, si algún día pasas por aquí, no te fijes solo en mis campos, fíjate en mis muros, porque nuestra Casa de la Cultura ya no olerá a humedad; sino a un futuro próspero.

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